Pensar la Lengua. Pensarnos a nosotros mismos
Las últimas clases las hemos dedicado a la Sintaxis, esa parte de la Lengua que estudia el rol de cada grupo de palabras en la oración.
Vimos también la importancia protagónica de los verbos para dar inicio a cualquier análisis sintáctico que se quiera emprender.
Y hablamos, otra vez, de la Lengua. Qué es la Lengua, se me ocurrió preguntar en una clase reciente. Y uno de ustedes contestó risueñamente: "un órgano, una parte del cuerpo". De ahí, el hilo de la clase se desvió por unos momentos hacia repensar esa relación entre el físico, el cuerpo, y nuestra disciplina. Viajamos sin darnos cuenta hacia los orígenes lingüísticos, orígenes que ocurren en los cuerpos de niñes, bebés. Así, evocamos las primeras manifestaciones del habla y anécdotas sobre cómo desde muy pequeños imitamos la misma lengua que escuchamos.
El vínculo entre el cuerpo y el lenguaje es muchas veces olvidado en las prácticas escolares sobre nuestra lengua. Incluso, en la vida misma de los ciudadanos adultos, el lenguaje materno, como herramienta clave, es olvidado. No se reflexiona demasiado sobre su uso y las palabras suceden (suelen suceder) sin tomar conciencia sobre lo que dicen (en su alcance profundo) o sobre cómo repercuten. No hay que olvidar esto: las palabras repercuten, inciden sobre otros a quienes nos dirigimos. Ser indiferente, distraído o amable en una charla puede dejar huellas eternas en nuestros interlocutores. Por eso, siempre, debemos pensar antes de decir, y saber que sobre lo que decimos tenemos responsabilidades. Usar el lenguaje con compromiso, empatía, pensando en los otros, siendo corteses, amables, tiene que ver con esa responsabilidad que cada uno posee sobre sus actos lingüísticos. Un filósofo francés a quien admiro mucho dijo (escribió) alguna vez que las palabras son actos. Y así lo creo. ¿Qué piensan ustedes al respecto? ¿Cobran las palabras relevancia de acciones sobre el mundo a medida que nos relacionamos con otros, más o menos cercanos, según el vínculo que nos una a ellos? ¿Hay efectos duraderos de cosas que unas personas dicen a otras? ¿Hay entre esos efectos algunos que pueden llegar a ser irremediables? Traten de pensar y desarrollar al menos 3 ejemplos en que lo dicho sea fuerte, contundente, demoledor o reparador.
Estábamos en la niñez, en el nacimiento del balbuceo, que no es sino el primer intento de alcanzar la palabra, en el cuerpo infante. Nuestro primer lazo con el lenguaje es la escucha, el oído. La necesidad de que nos hablen para poder crecer sanos (amados, atendidos, percibidos) es patente desde el útero. Nuestra capacidad de escucha y comunicación depende de esos primeros lazos hacia nuestro entorno. Sin embargo, aún si hay dificultades allí, en ese origen expresivo, nunca es tarde para comenzar a favorecer nuestro vínculo con nuestra lengua madre. La relación de uno mismo con su propio lenguaje sólo puede generar beneficios. Y, como toda relación, requiere, para avanzar, trabajo, reflexión, tiempo. Si podemos pensarnos y expresarnos, el trato entre nosotros y el mundo será más rico en detalles, variantes y salidas ante situaciones problemáticas.
Pensemos en los nombres "lengua madre", "lengua materna", "idioma natal". Todos ellos remiten al origen de la vida, porque es desde ese origen que la palabra nos habita y nos invita a participar en el lenguaje. La palabra puede ser una superficie, o algo profundo (de eso también charlamos en clase). Mencionamos en oportunidades a la Etimología, disciplina que estudia el origen (y la evolución) de las palabras en cada Lengua, literalmente significa "cualidad de la verdad de la palabra", según el Diccionario Etimológico Castellano en línea (http://etimologias.dechile.net/). Vayamos a un par de ejemplos etimológicos como para seguir pensando de qué se trata todo este asunto de dedicarnos a nuestro idioma desde el preescolar hasta el egreso de la Escuela media (12 ó 13 años de trabajo para progresar respecto de nuestras expresiones, para conocer mejor nuestra herramienta lingüística y, por qué no, llevarnos mejor con nosotros mismos). Vuelvo a las etimologías: el primer ejemplo que quiero traer a colación es "infante", que proviene del Latín (lengua madre de nuestra lengua madre, el Castellano): in-, prefijo de negación; fans, participio presente de fari (hablar): hablante. Infante sería en sus orígenes "el que no habla". Cuando esta palabra nació, aludía a quienes tenían la incapacidad de expresarse a través del lenguaje. "Alumno", por su parte, viene también del Latín, y según nos lo indica el diccionario on line ya citado, viene de "alumnus", que a su vez, nace del verbo latino alo: alimentar, hacer crecer; de modo tal que "alumno" es quien es "alimentado". Desarmar las palabras para investigar sobre su origen y sus cambios a lo largo del tiempo es un trabajo apasionante e interminable. Podemos invertir la vida en ello. Sin ser tan fanáticos, abocarnos a entrar en el lenguaje de modo profundo, rompiendo la superficie de la palabra, sin usar nuestra capacidad lingüística automáticamente, puede ofrecernos importantes frutos como individuos que, desde su subjetividad logran realizarse, siendo expresivos, alzando la voz cuando necesitan hacerlo, haciendo silencio cuando les parece adecuado y NO cuando un otro impone ese silencio NO elegido. Expresarnos, no callar, es un derecho. Callar por desconocimiento e ignorancia es triste, hace mal. Por lo tanto, esta herramienta que tenemos al alcance de la voz desde antes de salir al mundo tiene vital importancia en nuestra cotidianidad. La lengua madre nos habita. Nos brinda la palabra. Y es tan relevante a la hora de definir si seremos o no quienes queremos ser y no otros. Ser quienes decidimos ser y nos quienes nos dicen que debemos ser es un trabajo que lleva toda la vida. Alcanzarnos a nosotros mismos tiene mucho que ver con el uso que hacemos de la palabra. Ser lo que nuestro interior anhela, ir hacia nuestro propio deseo, es posible, y la expresión propia, la construcción de un tiempo propio (ajeno a automatismos, ajeno a consumos repetitivos) son variantes posibles en la vida de cualquier ser humano. El lenguaje puede ayudar. Y mucho. Mucho más de lo que imaginamos.
La lengua física (con la que comenzó, entre risas, el desvío de esta clase) es una parte del cuerpo que pertenece a nuestro aparato fonatorio. La fonación es una capacidad humana que nos distingue de otros animales. La fonación y la capacidad de pensar, nuestra racionalidad, hacen que este mundo sea cómo es, un mundo organizado en sociedades humanas. Ya hablaremos más de esta cualidad nuestra. De la importancia que en, en ella, tienen el aire, la respiración, las pausas. Este mundo urbano y apurado en el que vivimos, Buenos Aires siglo XXI, entre el smog y la furia, hace que nos olvidemos de las pausas, de la respiración. Hay que hacer un esfuerzo para recordar que sin aire es difícil vivir, y que, respirando mal, agitados, nada puede salir bien. Quizás parezca que el tema se fue por las ramas del discurso. En ese caso, no creamos tanto en las apariencias. ahondaremos sobre estas cuestiones a lo largo del año. Y de la vida. Queramos o no.